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Jacinta Neregueruela retoma el ensayo
El arte como un regreso a la autenticidad de lo sencillo
La poeta y ensayista Jacinta Negueruela nos presenta su último trabajo, “Un arte presencial. De Yves Bonnefoy a Miquel Barceló” (Editorial ‘Devenir’, colección de ensayo ‘El otro’), en el que se adentra, como hiciera Guy Debord otrora con su ‘Sociedad del espectáculo’, en el principio ético, estético y poético de la ‘representación’, manteniendo la tesis y reivindicándola para el lector, de la supremacía del fondo frente a la forma. O, lo que es lo mismo, de suprimir la forma tal y como se entiende y llegar hasta la entraña de lo que importa.
POR ESTHER PEÑAS. A Jacinta Negueuela (Cantabria, 1961) hay que agradecerle, aparte de otras muchas cosas, el ahondar en temas pocos trabajados. Y de entre esos asuntos literarios descuidados, escoger con tino. El hecho de que se centre y nos rescate a Yves Bonnefoy (un escritor ya octogenario que no escribe artículos periodísticos, no firma manifiestos, no ejerce la plática en los programas de televisión llamados literarios, no ha sido coronado en exceso con premios nacionales o internacionales, no ocupa sillón alguno en academias reales o republicanas sino que su discreción es tan grande como alta es la obra poética) dice mucho.
La tesis con al que arranca este estudio es la importancia de la palabra, entendida como presentación, como lo tangible, lo concreto, lo auténtico, en la obra de Bonnefoy. A partir de ahí, la autora va urdiendo una tupida red de argumento que le permiten avanzar hasta llegar al corazón poético del francés. Y no hay duda de que la identificación entre Jacinta e Yves va mucho más allá de la admiración; es una manera de descifrar la realidad, una manera de vivir, la palabra, la presencia, compartida por ambos.
En un momento en el que lo importante no es lo que se es, sino lo que se aparenta ser, donde el valor social de cada uno se ajusta al precio de cuanto adquiramos –sea un automóvil, un reloj, un pantalón- es importante –pues muchos son los estímulos que nos despistan y que nos hacen errar- que nos recuerden, que nos insistan, como hace Jacinta en este ensayo, que lo que trasciende, lo que nos apuntala en mucho más concreto que las pulsaciones abstractas por las que se está caracterizando el siglo XXI.
Ella misma lo escribe: “considero las desmitificación de la mimesis y la superación del concepto de ‘representación’ como uno de los logros artísticos más decisivos y de mayor impacto sobre la propia realidad. Y el arte no es imagen especular, el hombre creador ha atravesado el espejo, siendo éste, en su fascinación, lo que le permite pasar de la esfera de lo hechos a la esfera del arte”.
Partiendo del estandarte de Bonnefoy, Jacinta va escudriñando cómo ha calado la obra del francés en otros mucho, alguno próximos como Miquel Barceló (por cierto, impagable la entrevista que su incluye a modo de epílogo) y nos incita a reflexionar sobre el compromiso que el artista en general, y el escritor, el poeta, en particular ha de hacer suyo. Sólo el lector decidirá, pues, si asume esta apuesta como suya.
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