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Fernando Márquez, ‘El Zurdo’, cantante
"La falta de supervillanos muestra lo flojo y terminal de una civilización"
¿Cómo escribir cualquier cosa sobre alguien que es, aparte de un referente musical, literario e ideológico imprescindible un mentor, un prefecto anímico e intelectual de quien firma esta entrevista? Fernando Márquez, ‘El Zurdo’ (Madrid, 1957), ninguneado por sus inquietudes políticas, por su deliciosa incorrección (que no impostura), renace y se inventa una y otra vez. Atentos. Kaka de Lux, Paraíso o La Mode remiten al corazón de ‘La Movida’, cuyo primer latido fue bombeado por él.
POR ESTHER PEÑAS. Fotos: JORGE VILLA.
En estos tiempos salvajes, ¿contra qué empuñar el arma? Contra la mentira, ese rasgo tan humano...
La ficción nos depara criaturas pérfidas; malvados con estilo, dignos de admiración. ¿Hay maléficos de carne y hueso con tanta clase como Lector o el doctor Mabuse? Hoy en Occidente no creo que exista gente así en el plano real: tal vez en Japón, China, Corea... Precisamente, la falta de supervillanos muestra lo flojo y terminal de una civilización.
¿Las llagas alimentan? Las llagas no, las cicatrices. Alimentan el espíritu y lo hacen más sabio. El pudor heroico de la cicatriz siempre contrasta con la obscenidad mendicante, chantajista y picaresca de la llaga, de esas llagas abiertas a perpetuidad de manera artificiosa, incapaces de devenir en cicatrices.
¿En qué momento se instauró la creencia errónea de que los artistas se deben a su público? Es una regresión al ‘Vivan las caenas’ de los artistas cortesanos y los cómicos de la legua, a la nostalgia errónea de unas épocas donde el arte verdadero no se regodeaba sino que luchaba por salir de su condición subalterna (ahí Velázquez o Shakespeare o Bach... o el pulso entre Miguel Angel y Julio II). Es la coartada de los mediocres, de los acomodaticios, de los pícaros. Claro signo antiutópico y de fin de ciclo. Es profundamente significativo en este doble lenguaje que hoy busca profanar el arte verdadero que uno de los grupos musicales más horteras del momento se llame... ‘La Oreja de Van Gogh’.
¿Se ha dicho y escrito todo acerca de ‘La Movida’? La Movida murió cuando murió Eduardo Benavente. Todo lo ulterior es retro (a veces –no pocas- vade retro, por lo grimoso). Nunca se dice todo: ¿qué hay de Waq, de Décima Víctima, de Monagillosh, de Escalrecidos, de tantos grupos interesantes apenas comentados o estudiados en estos dos años de fastos y bombardeo mediático sobre la Movida?
¿Hubo mucho estafador disfrazado de artista? No hubo tantos pero los que hubo bien que chuparon plano e indujeron a la confusión (el peor, Almodóvar).
¿Las onomatopeyas fonosimbólicas del cómic tienen más carga de significado que algunos de los discursos de nuestros políticos? Todos los que podían decir (cada cual a su manera) algo mínimamente interesante (Anguita, Verstrynge, Guerra, Aznar...) están retirados del primer plano político.
Cuando leo Mary Ann no puedo por menos que imaginarla como una criatura de la Marvel, como una heroína fantaerótica y sin embargo más carnal y real que todas ellas... Mary Ann, talidomídica con poderes telequinéticos, es una mutante. La ceguera, la sordera, la focomelia, en tanto que características de nacimiento, conforman conciencias mutantes, más altercapacitadas que discapacitadas. Un talidomídico, en relación con un normal es como un normal en relación con un ave. Un ciego o un sordo de nacimiento no pueden concebir la visión o los sonidos salvo como pálpitos de una cuarta o quinta dimensión (como para la mayoría de nosotros lo puede ser la glándula pineal) y han de desarrollar mundos singulares, intransferibles para nosotros, pero igualmente válidos. Mary Ann escupe sobre la compasión que convierte al altercapacitado en estereotipo vergonzante para disfrute de nuestra propia y absurda ilusión de superioridad.
A pesar de sus gloriosas ausencias físicas, Mary Ann tiene una vitalidad, una fuerza capaz de convencer al lector de que lo que realmente excita y revitaliza es la fibra intelectual, más allá de su incompleto. Pero a ojos de la sociedad, una pareja como la que plantea en el libro, ¿no resultaría un modelo de repudio, al estilo Tod Browning en su ‘Parada de los monstruos’? Cuando pienso en Mary Ann, no pienso en el revanchismo expresionista de Browning, con su lastre lacrimógeno, sino en la épica de lo diferente que puede representar el mutante marveliano irredento (o su equivalente intelectual, el héroe randiano, el anarca de Jünger o el Lecter de “Hannibal”). Inasequibles al repudio, desde su propia conciencia de superioridad.
Mary Ann es, pese a la perplejidad de quien lo haya leído, un volumen descatalogado. ¿Tan subversiva es la discapacidad al servicio de un cerebro perfectamente armado? Volvemos a lo de antes. En la antiutopía, dado que gobiernan tarados (estos sí que merecen el apelativo de “deficientes”), toda muestra de superación de la adversidad y no de abyección chantajista/mendicante (ejemplo paradigmático de esta última, el gordo paralítico de “La matanza de Texas”) es vista como desestabilizadora.
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