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Hofmann, su descubridor, muere a los 102 años
El LSD se queda huérfano
El químico suizo Albert Hofmann, descubridor del ácido lisérgico (LSD), murió de un ataque al corazón en su casa de Basilea, a los 102 años. Quizás ninguna otra droga haya tenido una reputación tan maniquea, lo cierto es que el científico defendió hasta el último días el poder benéfico del LSD para alterar la actividad mental, contribuyendo al análisis del funcionamiento de la mente, y al estudio de enfermedades como la esquizofrenia.
POR ESTHER PEÑAS. “Tenía la desalentadora sensación de haber perdido por completo la percepción del tiempo y del espacio. Experimentaba una sensación de vértigo y de vacío: me sentía como arrebatado y transportado a otro mundo y a otro tiempo, sin perder sin embargo la consciencia”. De esta manera describía Albert Hofmann (Basilea, 1906- 2008) su primer ‘viaje’ a bordo de la (el) LSD. Fue la cantidad –excesiva- la que truncó la buena travesía. Todos los demás viajes que se procuró resultaron placenteros.
Como tantos otros descubrimientos que cambiaron el mundo, el hallazgo de la “dietilamina del ácido lisérgico”, LSD (acrónimo del alemán ‘Lysergäure-Diäthylamid’), el “ácido que dilata la conciencia”, como fue conocido, se produjo de manera casual. El 16 de abril de 1943, cuando Hofmann estudiaba los alcaloides del tizón del centeno para crear un estimulante de la circulación y la respiración, por descuido dejó caer una gota sobre su mano, lo que le provocó una alteración pasmosa e intensa.
A partir de entonces, el (aunque hay quien le otorga género femenino, y emplea el ‘la’ en vez de ‘el’) LSD fue utilizado en psiquiatría y neurología, y producida industrialmente bajo la forma de comprimidos y ampollas por los laboratorios Sandoz entre 1947 y 1966. Oficialmente, su acceso estaba limitado al cuerpo médico. Oficiosamente, llegaba a casi cualquier mano que se extendiera lo suficiente como para solicitar una dosis.
A diferencia de otras drogas, el LSD no crea dependencia, no es tóxico ni venenoso y es de fácil producción. Hasta la CIA se interesó por una sustancia que se pensaba que era capaz de hacer consciente contenidos psíquicos olvidados o eliminados. Experimentó con el ácido en su caza de brujas, persiguiendo artistas e intelectuales supuestamente comunistas, y también obligó a tomar LSD a prisioneros, con la esperanza de que revelaran secretos de estado. Tras numerosos fracasos, la CIA da carpetazo a esta nueva línea de investigación y considera probado que la droga no servirá a sus fines.
Pero la recompensa que concedía a quienes la consumía se iba extendiendo como leyenda urbana entre la población. Todos querían pulsar sus capacidades, reconocerse en el otro, fundirse, en una especie de panteísmo individual, con el cosmos. Y lo mejor, que esa experiencia, que otros conseguían a través de años de disciplina, de hábitos espirituales, de prácticas más o menos chamánicas, el LSD lo concedía en un instante, sin preparación alguna.
En la década de los sesenta, personajes como Cary Grant (quien, a pesar, de su exagerada reserva para con la prensa sobre cuestiones personales, detalló en una entrevista su experiencia con este ácido en el curso del tratamiento analítico con varios psiquiatras), Huxley, Peter Fonda, Norman Mailer, Anaïs Nin o Susan Sontang se mostraron públicamente acólitos de esta nueva sustancia que permitía un nuevo estado de conciencia. Algo que sirvió de eco y de propagando definitiva al ácido.
El LSD estimulaba el hipotálamo y espoleaba las experiencias emotivas, excitando el lado más poético, musical, paradisíaco y hermoso del sujeto. Por eso no es extraño que la sociedad en general acogiese la sustancia con cierta veneración. Su uso comenzó a ser indiscriminado. Ya no se utilizaba sólo en experimentos científicos, con mayor o rigor, sino que era indispensable en cualquier fiesta y reunión de amigos.
Su uso tenía dos vertientes: la trascendental, que procuraba un nuevo, intenso y definitivo estado de conciencia, del que se podían extraer parámetros, sabores, conocimientos que aplicara las artes y que abrían un camino espiritual, y la festiva, en la que la droga era simplemente una vía de escape, un desconectar de la realidad por considerarla rutinaria y aburrida.
Contra esta segunda práctica, ya advirtió Jünger del peligro que concierne al hombre que considera la vida como algo cotidiano. Por su parte, Hofmann siempre mostró su rechazo a este exceso superficial de su ácido: “No hay preparación ni control, y en este sentido puede hablarse de profanación y abuso. Además, hoy las drogas se mezclan unas con otras con una ligereza e indiferencia, como si se tratase de un simple medio de placer. Este consume indiscriminado es desde luego peligroso y debe ser condenado”.
Pero era ya difícil contener la expectación que suscitaba el LSD. Y, además, no era cara. Una dosis costaba entonces dos dólares. Con un gramo se podían preparar veinte mil dosis (para hacernos una idea, un viaje con mescalina, otra gran sustancia psicotrópica, requiere una dosis de medio gramo a un gramo y medio, dependiendo de las características del viajero).
Eso sí, la calidad del sueño era imprevisible. Según las estadísticas, uno de cada cinco trances era traumático para quien lo experimentaba, los conocidos como ‘horror trip’ (un mal viaje). Tomar LSD podía proporcionar experiencias visionarias, místicas, pero también podía descender a los infiernos y mostrar las miserias, los terrores y los traumas de quien lo hubiera ingerido.
¿Cuestión de suerte? Sí, pero no en su totalidad. Hofmann y Jünger explicaban que, antes de tomar una dosis, convenía disfrutar de un estado de ánimo dichoso, gozoso, dispuesto al menos. Era recomendable que la ingesta se realizase acompañado por gente afín, a la que el sujeto apreciase, y, al modo de un ritual, mudarse de ropa, utilizar prendas atípicas. Era un modo de cortejar el beneplácito del lisérgico. Pero no del todo fiable.
En poco tiempo su consumo se había extendido enormemente, sobre todo por el espaldarazo que todo el ácido al erigirse como emblema de la contracultura, la bandera de quienes pensaban que “otro mundo es posible” e icono de los hippies.
Lo curioso es que los laboratorios, contrariamente a lo que se puede deducir, no sacaron mucho dinero del LSD: “Sandoz no ganó mucho porque la sustancia se distribuía a un precio irrisorio únicamente a instituciones de investigación y para fines de estudio. En realidad siguió siendo un compuesto experimental y no tuvo tiempo de convertirse en una sustancia comercial a gran escala”, explica Hofmann.
Había que tomar cartas en el asunto. Tras el fiasco de la CIA, el primer estado que declaró ilegal esta sustancia fue California, en otoño de 1966. A finales de ese mismo año se vetó por completo, prohibiéndose tanto su producción como su consumo. Una vez más se atribuía al ácido lisérgico culpas que en realidad correspondían quien abusa de él.
Pese a que siempre le pesó que la proyección del LSD tuviera mejores y más resultados en el campos de las artes (baste citar, a modo de ejemplo, el disco ‘SGT Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de los Beatles) que de las ciencias (que pronto desterraron la posibilidad de avanzar sobre el ácido), nunca renegó de este hijo problemático. Ahora, a los 102 años, y sin ácido de por medio, emprendió su último viaje.
Nota bene: las citas textuales de Hofamann están tomadas del libro "El dios de ácidos" (Siruela), que recoge dos extensas entrevistas con el químico
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