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Biblioteca Castro publica ‘Comedia originales’
La sonrisa correccional de Moratín

Leandro Fernández de Moratín
En estas fechas próximas a carnavales, nada mejor que suculentas comedias. Y si titubeamos, mejor lo clásico, por seguro. Por ejemplo, las ‘Comedias originales’ de Leandro Fernández de Moratín, que la Biblioteca Castro reúne en un volumen en una edición a cargo de Pilar Palomo y de Paloma Fanconi. Un perfecto antídoto contra el tedio.

ESTHER PEÑAS. España ha sido un país prolijo en autores cómicos, desde Quevedo hasta Jardiel Poncela, dejando en el camino (y lo de dejar es una metáfora) a otros muchos como Mihura, Neville, Arniches o López Rubio, por citar algunos. Del siglo XVIII nombre indiscutible es Leandro Fernández de Moratin (Madrid, 1760- París1828), hijo del poeta, dramaturgo y abogado Nicolás Fernández de Moratín.

De Leandro (hombre tímido y apocado por la incidencia que le dejase la viruela, lo que contrasta con el significado de su nombre, Leandro, de origen griego que significa “hombre león”) ha reunido la Biblioteca Castro, de la Fundación José Antonio de Castro, las ‘Comedias originales’, incluyendo cinco deliciosas piezas: ‘El viejo y la niña’, ‘La comedia nueva’, ‘El barón’, ‘La mojigata’ y el tan aplaudido a través del tiempo ‘El sí de las niñas’.

Las claves del teatro de Leandro quedaran ampliamente manifiestas por él mismo, a saber, que fuera siempre una escuela de buenas costumbres, el teatro en su más puro papel educativo, y que fuera espejo –a veces deformado, aunque no tanto como el esperpento- de los vicios sociales, para ridiculizarlos y que el espectador huyera de ellos. La suya es una sonrisa correccional y siempre fiel a los principios clásicos de unidad de tiempo, espacio y lugar.

‘El viejo y la niña’, por ejemplo, su primera obra estrenada, aborda la cotidiana estampa en la que una muchacha era ‘entregada’ en matrimonio con un hombre desproporcionadamente mayor que ella. Esta comedia, cuyo tema después retomará con cierta frecuencia, en verso y tres actos, representa el disgusto de don Juan al ver a su Isabel engañada por su malvado tutor y casada con el viejo don Roque. Quede al lector el interés de saber qué determinación toma Isabel.

‘La comedia nueva’ (‘o el café’), dos actos en prosa, nos muestra a un autor mucho menos inocente, más feroz, al presentarnos una sátira en la que ridiculiza la comedia heroica y hace objeto de sus afilados comillos humorísticos al dramaturgo barcelonés Comella. Particularmente interesante resulta este pieza, en la que los personajes se dividen entre los detractores y los partidario de la ‘comedia nueva’, etiqueta con la que se aludía a las obras de confección moderna, en contraposición con las clásicas. Sugerente el discurso y el recurso del metateatro que propone Leandro.

Pero sin duda, el gran acierto literario de Fernández de Moratín hijo fue ‘El sí de las niñas’, una comedia que nos introduce en un triángulo amoroso, de nuevo con un dislate de edad entre los comprometidos al matrimonio. En esta obra, lo que vindica el autor es la libertad de todo joven a disponer de su vida, a decidir sobre su futuro. Más allá del interés personal de la pieza –fue la última que escribió Leandro antes de exiliarse a Francia, pues era Bonapartista- ‘El sí de las niñas’ es una espléndida comedia, cargada de ternura y fuerza.

Entre todos los personajes destaca sobremanera el de don Diego, quien concierta matrimonio como medio para asegurarse una compañía en su vejez. Es inteligente y bondadoso, lo que le hace percatarse de que Paquita, la joven con quien planea disfrutar de sus últimos días, no le ama. Don Diego comprende y asume el error, y por ello renuncia a ella en un acto de profunda generosidad y de reflexión para proporcionarle a la muchacha la felicidad que merece. Don Diego encarna las ideas ilustradas que durante su vida defendiese Leandro, y conjuga uno de los principios del dramaturgo: el ser capaz de someter la voluntad en virtud de la razón y la justicia.

Como expone Paloma Fanconi en el Prólogo, “los personajes de Moratín (...) son héroes de la vida común, a los que no les hace falta hallarse ante situaciones límite ni específicamente belicosas que les lleven a debatirse en cuestiones de vida o muerte; sencillamente son héroes diarios que optan por una conducta correcta y, especialmente ordenada, que se adecue, canónicamente, a lo que la naturaleza ordena”.
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