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Biblioteca Castro retoma la pluma de Baroja
Memorias de un hombre de acción

Pío Baroja
Biblioteca Castro reúne en tres tomos las ‘Memorias de un hombre de acción’, de Pío Baroja, un tremendo monumento literario basado en el conspirador Eugenio de Avinareta, uno de los antepasados del autor que vivió en el País Vasco en la época de las Guerras carlistas y que se asemejaba bastante al ideal de hombre de acción del novelista.

EPD. Como protagonista, suele recurrir Baroja a lo que él mismo llamó "un hombre de acción", es decir, a personajes que, sin pararse en la reflexión, actúan y realizan sus proyectos. El logro de tales proyectos dependerá, dentro del creciente pesimismo barojiano, de que las circunstancias permitan el triunfo. Y su mejor exponente es ‘Memorias de un hombre de acción’, en especial las pistas que da en una de las historias que conforman este tremenda saga: ‘La nave de los locos’. Pero permítanme una pequeña digresión.

Ya desde estudiante dicen que Pío Baroja (San Sebastián 1872- Madrid, 1956) era gruñón, arisco, hosco y huraño. De otro modo su literatura no se entendería; la suya es una escritura sucia, desengañada, decepcionada (nunca decepcionante), pesimista. Pero su honradez también trasluce en su obra. Honradez de la que hizo gala hasta la sepultura ya que al morir, en 1956, él quiso ser enterrado en un cementerio civil y su sobrino, el antropólogo Julio Caro Baroja (quien pespunta, por cierto, el prólogo de estos libros) recibió todo tipo de presiones para que revocase la voluntad de su tío. Finalmente, en la España franquista se daba tierra a uno de los más grandes escritores de modo laico. Todo un escándalo.

Volvamos a la saga que nos ocupa. ‘Memorias de un hombre de acción’ consta de 22 novelas de carácter histórico que se desarrollan durante el siglo XIX pero especialmente en el periodo comprendido entre 1820 y 1840. No son propiamente unas memorias al estilo clásico, su riqueza las rebasa. Para empezar, el narrador son varios, hay ocasiones que quien cuenta es la voz en primera persona, hay ocasiones en que la clásica tercera se apodera de la acción. Aunque destaca por encima del resto don Pello de Leguía y Gaztelumendi.

Esto exige ineludiblemente intentar analizar la naturaleza de este “personaje”, de este ente de ficción creado por Baroja, con el pretexto de sus novelas sobre Aviraneta; es decir, quién es Leguía –no tanto su “historia”, cuanto su ser como criatura narrada y narrante, qué hace, cuál es su relación con Shanti/Baroja y, sobre todo, qué función tiene.

Muy discutido ha sido el hecho de si Leguía era el alter ego del propio Baroja. No lo es evidentemente en su biografía personal, porque Baroja lo sitúa en la época de Aviraneta y no en la suya; sí lo puede ser, en cambio, en cuanto al sistema de ideas o de valores que se trasluce a través de Leguía, cómo construye el mundo y cómo esa idea del mundo puede aplicarse al método barojiano de sus novelas, a modo de intermediario narrativo.

Baroja se sirve de Leguía para transferir a Aviraneta del plano de la historia, en el sentido estricto del término, al de la ficción. Leguía es la garantía de la naturaleza novelesca de don Eugenio de Aviraneta en las Memorias, quien convierte la historia en ficción, o mejor, subordina lo histórico a lo ficticio, sometiéndolo a las leyes de la novela y haciéndolo funcionar en un sistema novelesco y no histórico.

Requiere mención especial el ingente trabajo de edificación literaria de estas Memorias. Defensor de una novela abierta, ya que considera ésta como un fluir en sucesión (“La novela en general es como la corriente de la historia: no tiene principio ni fin; empieza y acaba donde se quiera”), compone sus obras a través de una serie de episodios dispersos, unidos, muchas veces, por la presencia de un personaje central.

La mayor parte de los personajes barojianos son seres inadaptados, que se oponen al ambiente y la sociedad en la que viven, aunque impotentes, incapaces de demostrar energía suficiente para llevar lejos su lucha, acaban frustrados, vencidos y destruidos, en ocasiones físicamente, en muchas otras moralmente, y, en consecuencia, condenados a someterse al sistema que han rechazado.

El escepticismo barojiano, su idea de un mundo que carece de sentido, su falta de fe en el ser humano le llevan a rechazar cualquier posible solución vital, ya sea religiosa, política o filosófica y, por otro lado, le conducen aun marcado individualismo que podría calificarse de anarquizante. ‘Memorias de un hombre de acción’ es una magnífica muestra de todas las virtudes novelísticas de un escritor que no coloca un punto en balde.
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