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Tropo Editores reivindica la figura de Daniel Moyano
Del trino modulado del diablo
Admirado por Cortázar, Rulfo, Benedetti y Gelman –entre otros- Daniel Moyano fue humilde hasta en la repercusión de su legado. Autor de algunas de las páginas más fascinantes del pasado siglo, Tropo Editores rescata una de sus más seductoras obras, ‘El trino del diablo y otras modulaciones’, en la que a la novela la apuntalan seis pequeñas –por extensión, que no espíritu- piezas.
ESTHER PEÑAS. Lástima que lo que cuenta Benedetti en el prólogo sea cierto. ¿Quién fue para nosotros Daniel Moyano en vida? Acaso otro escritor más, un creador de atmósferas que apenas una minoría escanciaba, un extraño e insólito artista cuya prosa tenía una fuerza tan poderosa como inadvertida para casi todos. Sin embargo, tras su muerte, Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930- Madrid 1992) está ganándose a pulso –aunque un pulso espectral, desde donde se encontrase, quizás riendo sardónicamente- el lugar de honor que le corresponde.
Y aun así, después de muerto, tiene que sudar con la misma tinta con la que escribió grandes pasajes de la literatura del siglo XX y fatigarse para que su nombre no se olvide, porque para ser convencido basta con leerle.
‘El trino del diablo y otras modulaciones’ (Tropo Editores) es una propuesta clásica en la literatura de Moyano: el desafío de emprender un viaje interior, de tratar de encontrar el porqué del exilio que todo ser humano lleva a cuestas. En el caso de ‘El trino...’ además retrata con una terrorífica exactitud el desprecio de muchos por sus raíces históricas y sus tradiciones.
La aparición de la primera edición de ‘El trino del diablo’, en 1974, puso en evidencia la atmósfera que ya se respiraba en el convulsionado escenario político de la Argentina de esos años: la violencia, velada o expuesta, y otros signos que acompañaron el efímero tercer gobierno de Perón no permitían prever que se avecinaba la más brutal de las dictaduras que viviera ese país. Resulta curioso cómo el autor a mediados de los ochenta se adentra de nuevo en el texto para reescribirlo, con las connotaciones que dicha labor adquieren para un escritor (enfrentarse de nuevo a sus miedos, la responsabilidad de retocar uno de sus mejores textos, la amenaza de la crítica exhaustiva...)
Hace no mucho tiempo, conseguir las obras de Moyano –como las de Escorza, otro espléndido aunque injustamente olvidado autor latinoamericano- era casi una tarea de detective. Por fortuna, la apuesta decidida por editoriales más pendientes de la calidad que de los réditos puramente crematísticos, el caso de Tropo, siembra en el lector una cosecha de satisfacción.
La literatura de Moyano es un paisaje con reminiscencias de otros grandes, de Pavesse, de Kafka, de Borges aunque sin su elocuencia pero sí parte de su poética; el suyo es un territorio incierto, con una sombra de sospecha moral, con un peso a veces insoportable por lo profundo. Pero cautivador en cualquier caso, porque personajes como Triclinio, aquel que tiene la cabeza plagada de sonidos como si fuera un zoco de ecos, de voces, de ruidos termina enterneciendo al lector.
Riojano adoptivo, Moyano ofrece lo mejor de sí mismo en este volumen, porque a ‘El trino del diablo’ le siguen seis piezas delicadas e inéditas: ‘Tía Lila’, ‘Desde los parques’, ‘El halcón verde y la flauta maravillosa’, ‘Golondrinas’, ‘Tiermusik’ y ‘María Violín’.
De la parábola de la salvación por el arte, tantas veces afrontadas por dispares escritores, Moyano cincela una historia aquilatada sobre sombras, sobre humo, con una belleza tan inusitada que al propio Roa Bastos (quien prologase la primera edición de la novela) cautivó. ‘El trino del diablo’ es, sin duda, una evidencia del virtuosismo del argentino.
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