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Biblioteca Castro retoma las trilogías del vasco en cinco volúmenes
La trinidad narrativa de Baroja
Nadie como él, Pío Baroja, tuvo tanta querencia por las trilogías, y nadie como él tuvo tanto virtuosismo a la hora de componerlas, ya que mientras escribía una, era capaz de trazar y hasta de publicar otras distintas. La Biblioteca Castro rescata la ingente obra del vasco en cinco tomos, los dos primeros de los cuales ya están a la venta.
POR ESTHER PEÑAS. El estilo sobrio y adusto se agradece en el lector tanto en tiempos de bonanzas (por el contraste con la opulencia de una sociedad) como en épocas de crisis incisiva, como la que estamos viviendo (con concomitancia). En realidad, si el tono literario es auténtico, impecable, cualquier tiempo es adecuado par adentrarse en él. Eso es precisamente lo que le ocurre a Pío Baroja (San Sebastián, 1872, Madrid, 1956), el autor menos simpático en lo humano de la Generación del ’98 que se ha ganado a pulso tiznado, manchado, el respeto de los pulcros. Nacer un Día de los Inocentes es lo que tiene, que nadie parece tomarte en serio.
En sus novelas, el estilo lo que describe y cuenta son historias que acaparan al lector por lo contundente, historias empapadas de pesimismo asumido y aplicado. “El barrio de las Injurias se despoblaba, iban saliendo sus habitantes hacia Madrid... Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y la miseria, escribe el vasco en ‘Mala hierba’, de ‘La lucha por la vida’.
En sus historias los protagonistas sufrían por la agonía de sus deseos pero que, sin embargo, obtienen al fin un punto de redención (desde el ateísmo practicante del autor). Son tipos aventureros a los que la acción les depara dolor y crecimiento pero que resisten, son tundidos, y finalmente son indultados.
La Biblioteca Castro presenta ahora dos volúmenes que recogen cuatro de las trilogías barojianas: ‘Tierra vasca’, ‘La vida fantástica’, ‘La lucha por la vida’ y ‘El pasado’. Cuatro intensísimas e imprescindibles (y nos palabras fáciles sino meditadas y ajustadas al talento de quien se habla) novela.
De ‘Tierra Vasca’, formada por ‘La casa de Aizgorri’, ‘El Mayorazgo de Labraz’, y Zalacaín el aventurero’ incluye en esta edición ‘La leyenda de Jaun de Alzate’, convirtiéndose así en tetralogía, por su “nexo ambiental con las restantes novelas del ciclo”, tal y como apunta Magdalena de Pazzi, responsable de la presente edición. En ellas encontramos un intrincado mapa vital de Martín Zalacaín, desde su infancia a su madurez paulatina, sus veleidades como contrabandista, su antítesis, encarnada en Carlos Ohando, el amor, la muerte, el aprendizaje a veces abrupto, en ocasiones sutil.
De ‘La vida fantástica’, que integran ‘Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox’, ‘Camino de perfección’ y ‘Paradox, rey’ las novelas que la comprenden apenas si tienen puntos de unión que respalde el agrupamiento (entre las dos últimas novelas de la trilogía, Baroja ya ha publicado otras trilogías). Acaso el protagonista entre la primera y tercera novela, Silvestre Paradox, aunque hay algunos secundarios que nos encontramos triscando las páginas de una y otra (Avelino, don Pelayo). La historia no es, ni mucho menos lineal, y lo que desconcierta más a la hora de hablar de trilogía, si uno de los Paradox que capitanea las dos historias que lo mencionan en le título no hubiera sido él sino otra cualquiera, la historia no se habría visto alterada en lo más mínimo.
Por su parte, ‘La lucha por la vida’ responde a tres novelas: ‘La busca’, ‘Mala hierba’ y ‘Aurora roja’. La primera está considera por mucho como la cumbre narrativa de Baroja. No es para menos, aunque es discutible. Cierto que las cotas de acierto estilístico, de redondez argumental y de perfección en los nexos son para dejar perplejo al más exquisito de los lectores, pero no es en ‘La busca’ donde únicamente la genialidad del autor se convierte en difícilmente superable.
En ella, en ‘La busca’, se nos relatan los avatares de Manuel, quien, venido de un pueblo a Madrid, atraviesa diversos ambientes y oficios hasta terminar conviviendo entre el lumpen urbanos: mendigos, maleantes y vagos. El tono descarnado de Baroja es sobrecogedor: pícaros, prostitutas, criminales y pobres diablos que sólo quieren sobrevivir se conjuran en estas páginas para atrapar al lector en una trama dura pero hipnótica.
Por último, en estos dos primeros volúmenes de trilogías publicados por Fundación José Antonio Castro, encontramos ‘El pasado’, que lo forman ‘La feria de los discretos’, ‘Los últimos románticos’ y ‘Las tragedias grotescas’, quizás la tríada menos conocida de Baroja. La primera de ellas, reluce con mayor fulgor que las otras dos. En ‘La feria de los discretos’ hallamos concomitancias de ‘La busca’, ya que nos encontramos ante una historia ubicada en Córdoba en vísperas de la Revolución de 1868. Quintín García Roelas, el protagonista, similar a Martín, descubre la miseria y mezquindad de las gentes y cómo la nobleza y la honestidad son blanco de mofa. Finalmente, Quintín se enfunda un vestido de cinismo que le permite abrirse paso, a duras penas.
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