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Jesús Ferrero, escritor
“Hoy en día, vivimos la apoteosis de la cultura del fetichismo”
Conversar con él es introducirse en un ambiente acogedor; su voz abriga, su sonrisa sorprende, su mirada se evade para rematar cada una de las respuestas que construye. El humo del cigarro hace más mítico su rostro heroico, quizás cincelado. Zarpamos con Jesús Ferrero (Zamora, 1952), que nos presenta ‘Las fuentes del Pacífico’ (Siruela) una historia que transcurre mar adentro.
POR ESTHER PEÑAS Fotografías: JORGE VILLA
Dedica un libro lleno de mar a un hombre de meseta como Delibes. ¿Qué le ha aportado como mentor literario? De los maestros cada uno puede sacar sus propias conclusiones; de Delibes, por ejemplo, se ha alabado mucho su territorialidad, su vinculación con Castilla como si eso fuera la razón al alguna literatura... nadie intenta hacer patria con la literatura, en todo caso intenta salvarse a sí mismo más que a la patria. ‘Los Santos inocentes’ sería también creíble ambientada en Rusia o en China. Lo que más alabo de Delibes, y se lo he dicho más de una vez de diferentes maneras, es cómo construye los personajes, cómo los atrapa y los mueve, con qué naturalidad y precisión, y cómo estructura las novelas. Aunque aparentemente nuestras narrativas no tienen nada que ver, coincidimos en lo que debe ser el arte de la novela.
‘Las fuentes del pacífico’ nos propone un escenario inusual a lo que nos tiene acostumbrados. ¿Cómo surge la ambientación, dónde su sitúa el origen de esta historia? Mi literatura se divide en las obras de carácter realista y dramático y otro tipo de novelas en las que abro mucho más el diafragma y viajo por la historia. No es la primera vez que estoy en el Pacífico, aunque sí en esta parte, en los Mares del Sur, pero era necesario de algún modo esta ubicación porque la novela recrea el mito del paraíso terrenal; no es un mito nuevo pero sí un mito eterno que nos va a perseguir siempre. Después hay elementos irracionales que uno no acierta a comprender: esta novela empezó a gestarse en mi cabeza, con la imagen de unas fuentes circulares que brotaban de un cráter, con la idea de que eran las fuentes de las que había surgido un mar. Esa idea estuvo flotando en mi cabeza durante años...
¿El escritor, como asegura Martín Garzo, sólo puede escribir desde la obsesión? No sé si darle a ese proceso psicológico el nombre de obsesión, porque siempre vemos este concepto desde un aspecto negativo; en todo caso, sería una obsesión amable. En el proceso creativo, surgen obsesiones, las mías son la lucha entre hermanos, la lucha fraticida, el deseo, con sus aspectos negativos y positivos, como motor de la personalidad, la relación entre víctimas y verdugos como una forma de relación de la que no nos podemos despegar nunca... ahí están mis obsesiones, pero no en las fuentes, que son imágenes milagrosas que surgen sin que las busques y que no se sabe de dónde viene.
Descarta, pues, la improvisación en la escritura. Nunca fuerzo una idea, dejo que flote en la cabeza, la experiencia me dice que una idea que no lleve años en la cabeza no es interesante abordarla porque te puedes equivocar desde el principio y perder mucho tiempo; dejo que flote hasta que la idea comienza a madurar y no me pongo a escribir nada hasta que no está parcialmente argumentada. Para las primeras páginas tengo que saber a dónde voy para que la escritura parezca ya instrumentalizada de acuerdo con un fin. Esto es la ventaja de escribir apoyándose en un argumento.
¿Qué tiene los últimos años del siglo XIX que tanto atraen para ambientar historias? El final de este siglo es importantísimo, es un momento en el que están surgiendo los inventos que definirán al XX: la fotografía, que permitirá la llegada del cine, el automóvil, el globo aerostático, que precede al avión... y esta época liminar ya apunta los problemas que tendrá Europa más tarde. El último instante de la historia en el que es posible concebir un paraíso que no puede ser descubierto más que por el aire.
Alguien que, como su protagonista, Benito, se enrola en la proeza de abandonarlo todo y empeñar hasta su vida por la búsqueda de ‘El Dorado’, del tesoro, ¿es un héroe o un loco? Es un héroe moderno, de nuestro tiempo, se diferencia de héroe antiguo en que es problemático, tiene problemas de conciencia. Como personaje lo valoro bastante, creo que es muy honesto. Aunque tiene muchos defectos, es envidioso, puede mentir (¿y quién no?), es un héroe que se diferencia de los míticos en que lleva incorporado la mirada de la antropología y la mirada del respeto a las otras culturas...
En la búsqueda del tesoro, de la Arcadia, de Ávalon, ¿qué primea más, la aventura, la codicia, el riesgo? Depende de cada personaje, el lector nota sin que el narrador lo subraye que todos son diferentes. Benito no busca riqueza que no tenga que ver con el conocimiento de sí mismo y el de su padre; su hermano, a pesar de ser el primogénito y el que tenía que haber recibido por derecho la herencia paterna, busca enriquecerse cuanto antes y marcharse, el capitán Bonar ocupa un punto intermedio entre la ambición y la curiosidad intelectual y psicológica. En cambio en su hija, en Ethel, cuenta la posibilidad de sentirse una diosa, el narcisismo en ella es patente, y la salvación por el matrimonio, como le propone al final a Leónidas poco antes del naufragio. Marsiel, el argentino, es una personalidad flotante que no sabes muy bien lo que busca, parece que lo único que persigue es disiparse, navegar y disiparse, para él la sensualidad y los placeres son muy importantes, más que para el resto de la tripulación. En cambio el timonel busca el oro, sin más.
Y el cocinero mudo es el más práctico... El mudo mantiene una actitud flotante, no es un hombre especialmente ambicioso, no lo pide a la vida más de lo que la vida le da cada día y por eso es el más sabio de la tripulación. De modo que cada uno busca una cosa, si no la tripulación no estaría contrastada. De hecho, sus discusiones, y la guerra que establecen, viene motivada a que no buscan lo mismo.
Jean Cavas y John Bonar, personajes ausentes en la historia, rigen o pautan el vida del resto. ¿Es cuerdo dejarse gobernar por un fantasma? No, no tiene nada de cuerdo. Pero te puede obsesionar el secreto de tu padre… Los secretos de familia se convierten en organismos muy peligrosos, cancerígenos, que te van minando por dentro. Pero más interesante que el que se dejen guiar por fantasmas es el contraste entre la forma del proceder de John y Jean y las maneras de esta segunda generación. Ellos se atrevieron a ser dioses y a mantener esa actitud hasta el final, con todos los esfuerzos que exige; por eso la novela se va organizando como otras mías, con una estructura en la que son perceptibles personas muy próximas a los dioses, a los héroes de toda la vida, personas muy humanas, que ocupan un punto intermedio y otro tipo de personas que tienden hacia lo bestial, que están en una escala inferior.
Pero su discurso es pesimista en cuanto a que la tripulación, pese a perseguir un mismo fin, no logra el entendimiento... Los hombres se entienden a veces y a veces no. El entendimiento es tan posible como el no entendimiento.
¿Qué tiene la mar que despierta la camaradería más leal o la animadversión más incisiva? La soledad del barco y que el barco es un isla flotante de alguna manera. Se vive un sistema insular más próximo y más sofocante que el que procura una isla, y ese roce crea amistades muy fraternas y también odios muy vesánicos. Una de las cosas que más atractivas hacen la novelas marineras es ver a un puñado de personas enfrentarse al monstruo.
¿Qué proyecto, qué idea, qué ciudad representa para usted lo que Kaolai, esa isla mítica que persiguen estos marineros? Algunas ciudades griegas, los jardines colgantes de Babilonia, las ciudades fortalezas, que eran muy feas desde fuera pero que ocultaban una enorme magnificencia... Troya... simbólicamente Kaolai está conectada con Troya. Pero también es una metáfora de la belleza oculta y de los jardines cautivos, con las doce fuentes, como doce eran las fuentes de la sabiduría... pero mejor el que el lector no sepa toda la simbología que encierra la novela, no vaya a ser que piense que es complicada, porque no lo es.
Llama la atención el momento en que Benito se enfunda el anillo chino de su padre. ¿Es supersticioso el hombre moderno? Más que el de antes. Nuestra sociedad es más fetichista, el consumismo tiene mucho que ver con eso, reducimos la realidad a objetos, a pequeños juguetes; todas las casas están llenan de fetiches que suplen la presencia de personas reales. En mayor grado que nunca, tendemos a suplir las ausencias con ellos. Los fetiches son la representación de algo que te falta. Por eso hoy en día, vivimos la apoteosis de la cultura del fetichismo; lo heredamos de los griegos y romanos y probablemente estamos llegando a una especie de límite con eso.
¿Se han banalizado los fetiches? No, la televisión es el fetiche más sagrado para cualquier ciudadano, más que antiguamente la bola de cristal en la que veías el futuro. Y son muy importantes los fetiches a día de hoy: ¿Qué sería del Catolicismo sin El Vaticano, o el Islam sin La meca? Son conglomeraciones de fetiches, la gente va a tocar y a adorar. Los fetiches han estado ligados de siempre a la religión y a las ideologías, nos menos fetichistas, piensa en los retratos de Lennin, de Marx, el comunismo utilizó el fetiche de manera tan descarnada y tan populista como los sistemas que combatían.
Aunque hay tres mujeres en el libro, ¿las historias de la mar son inminentemente masculinas? Sí, porque así era, las tripulaciones estaban compuestas de hombres, y así ha sido en casi todas las culturas; en Oriente hay mujeres piratas legendarias, pero son excepciones. Ahora, aunque han cambiado mucho las cosas, he hablado con marineros y me han comentado que sigue igual, y que sí que es peligroso ir en un mercante, porque casi toda la tripulación va armada, ya que no se conoce, proviene de distintos sitios, etc. De cualquier manera, una mujer siempre es interesante porque introduce la diferencia y porque sabes que va a ser fuente de ciertos conflictos. Y Ambroisine es uno de los mejores personajes femeninos de mi vida.
¿Cabe pensar en la existencia de un paraíso terrenal? Es que lugares desconocidos casi no existen. El XX ha visto trágicamente sus límites. Nada es infinito, ni nuestra perduración en el tiempo ni las riquezas de la tierra. Resulta muy difícil.
Y en cuanto a la utopía, ¿el hombre moderno ha renunciado a ella? La palabra utopía se utiliza hoy en día de un modo frívolo e ingenuo. A mí me resultan siempre peligrosas porque no deja de ser una imposición. Soy taoísta y, por tanto, admiro más la flexibilidad que la rigidez, y toda utopía puede ser fuente de normas muy estrictas y de una rigidez muy sofocante.
Aunque es norma de la casa utilizar papel ecológico en las publicaciones, ¿comulga con esta práctica? Sí, estoy plenamente de acuerdo, me he pasado buena parte de mi vida viviendo cerca de distintos bosques, y mis paseos más deliciosos han sido por ellos, pero que no me vengan con cuentos ni me quieran hacer creer, activistas como Negroponte, que un ordenar es más ecológico que un libro.
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