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Pablo d'Ors, escritor
“La literatura necesita saber cantar al bien, no sólo a las zonas oscuras”
Hay novelas que imprimen carácter, que dejan huella y rastro en el ánimo del lector. “Lecciones de ilusión” (Anagrama) es una de ellas. No es un tópico. A través de un juego de identidades que se mezclan, se comparten, se edifican y se disfrutan, su autor, Pablo d’Ors, propone un mosaico de personajes que se construyen los unos a los otros y en el que el lector es tesela básica. Los internos del sanatorio de St. Bonifaz, descritos con una belleza y una ternura inusual en nuestros días, nos hacen comprender que no siempre es fácilmente distinguible la línea limítrofe entre razón y locura.
POR ESTHER PEÑAS Fotografías: JORGE VILLA
Nerval, Maupassant, Nietzsche, Mishima, Juan Ramón, Proust, Virginia Wollf... son muchos los ejemplos en los que locura y creatividad confluyen. ¿Por qué escogió precisamente a Walter, Hölderlin y Strinberg? Escogí a estos tres autores primero porque, para hacer justicia a la literatura, me parecía de ley elegir un narrador, un dramaturgo y un poeta. Segundo, son tres autores que conozco bien y me parecen muy emblemáticos porque cada uno de ellos vivió la locura de modo muy distinto; recogen de manera condensada todas las locuras que luego el resto de personajes van a desplegar y, por último, porque han actuado como ángeles guardianes de mi tarea de escritura.
Disculpándome de antemano por lo impertinente de la pregunta, de entre todos los pacientes de St. Bonifaz (el corrector de estilo, Ecker, el asistente, la viuda Döderer, el imitador de voces, Walter Kallmus, el cartero, el hombre que se sacaba las palabras de la boca...), ¿quién le cautivó más? ¿Con cuál de ellos estableció una mayor empatía? Todos mis personajes son alter ego, y no sólo en esta novela, sino de todas las que he escrito; la novela para mí es un juego con la propia identidad, por eso todos mis personajes son egos imaginarios, como diría Kundera, y por lo tanto posibilidades existenciales que no se han verificado históricamente pero que me gusta explorar. En esta novela he convocado a todos mis fantasmas, como escritor y como persona, y les he dado juego. Me identifico con todos, aunque si tuviese que escoger uno, que es lo que me pides, quizá sería el director, Griffenfeldt, que pretende hermanar espiritualmente a cada uno de los locos con un personaje insigne de la historia. De alguna manera, esa búsqueda de una compañía secreta, esa búsqueda de un cómplice me obsesiona. Quizás no es el personaje más logrado, ni el más bonito, pero para mí es el más significativo de este libro.
Apliquemos, pues, el método Griffenfeldt. ¿Quién sería el egregio que se hermanase con Pablo d’Ors? ... podría decir dos nombres, uno en el ámbito literario y otro en el religioso, ambos son para mí esferas vocacionales: Carlos de Foucauld, un ermitaño que vivió en el Sáhara y al que considero la figura religiosa más importante del siglo XX junto con Ghandi; dentro del cristianismo, del catolicismo, es la más importante, aunque sea poco conocida; y, respecto al terreno literario... Stefan Zweig, de quien ‘Los ojos del hermano eterno’ es la novela que más me conmueve. Zweig fue un hombre aparentemente feliz, en vida fue el autor más leído y traducido de su tiempo, pero arrastraba una tragedia.
¿Qué huella imprime Pablo d’Ors en Lorenzo, el protagonista, y qué tiene él que admira el escritor? Lorenzo Bellini soy yo cuando tenía 24 años, que es la edad que tiene el personaje. Lo que admiro de él es que descubre su vocación y que es capaz de cambiar su plan vital por lo que le sucede; me fascina su capacidad de admiración, esa búsqueda desesperada por ser discípulo, por encontrar maestros de los que aprender; dejándose impactar, seducir. La actitud discipular es fundamental en la vida.
¿Es la huída permanente un camino posible hacia la felicidad? Esta frase la dice un personaje que, en efecto, está huyendo permanentemente, huye de los locos a los cuales se consagra –por ser el director del sanatorio- y a los que ama en el fondo. Huimos de lo que amamos, en cierta manera lo que más nos atrae es lo que más nos repele, lo que nos aterroriza, lo que nos asusta. Pero la respuesta razonable a tu pregunta sería no. Ser feliz es afrontar las cosas cara a cara y ser valiente, tenemos que hacer las cuentas con lo que somos, con la contradicción de lo que somos, y lo que somos nos dice que son muchas las veces que matamos aquello que amamos, lo que buscamos o lo que nos da miedo. Cuanta más fantasía tiene una persona, más miedosa es; yo por ejemplo, soy una persona aterrorizada. Lo que ocurre es que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de lidiar con los miedos, que es distinto.
¿Qué le aterroriza? Muchas cosas, pero por fortuna me atrevo a poner nombre a mis miedos, a dialogar con ellos, a combatirlos; no estoy descontento conmigo mismo, aunque me queda un largo camino por andar: me considero discípulo de la vida. Unido a esto, te diré que la principal cualidad de un novelista es el coraje, la novela, la escritura narrativa no es, en esencia, una técnica, aunque tenga su parte técnica y de oficio, es sobre todo una cuestión de autenticidad. De saber mirarse al espejo. Y de sinceridad.
Sinceridad y autenticidad... ¿caben en el mundo moderno? Es más fácil convivir con la mentira, la verdad nos hace demasiado daño y tendemos a huir de ella; la novela es un ejercicio, constituye una épica del yo. Uno no escribiría novelas si no está interesado en sí mismo. Pero para ello hace falta una capacidad de observación, de auto observación, de análisis, de examen de conciencia y, por supuesto de reflexión. Que sea más complicado optar por la sinceridad y la autenticidad no quiere decir que la recompensa sea menos, al contrario.
“Bienaventurados los que aman lo banal, bienaventurados los que aman lo prosaico, porque sólo ellos comprenden y disfrutan de la poesía”. ¿Tiene algo de sacerdocio la locura? La bienaventuranza de lo prosaico es hermosa; abogo por ella, porque estoy convencido de que el asunto, el tema o el argumento de la prosa narrativa es lo prosaico, la fuente de inspiración de los novelistas, desde Cervantes, es justamente cómo en lo cotidiano, en lo banal, en lo ridículo y absurdo, uno es capaz de encontrar magia, poesía, un resquicio por el que redimir eso y darle un espesor distinto. El sacerdocio es un ministerio (esto significa que está reservado a los menores; el magisterio, en cambio, lo ejercen los mayores, así que los sacerdotes somos o deberíamos ser los pequeños) en tanto que resulta un puente, un mediador, entre Dios y los hombres, entre cultura y religión, entre la vida y la muerte, la juventud y la madurez... un escritor es siempre un intermediario, en este caso de un mundo determinado y un grupo de lectores. Hasta qué punto la locura es un sacerdocio... en la medida en que media en ese tránsito, a menudo delgado, fino, entre el trastorno y lo razonable, lo sensato, que es una frontera mucho más fina de lo que nos gustaría.
¿Todos tenemos nuestro punto de locura? Supongo que sí. Hay locuras que producen escándalo y otras con las que se puede convivir socialmente mejor... la locura es el experimento más radical de la propia identidad. Cuando uno se disfraza juega con su identidad o cuando uno ejerce un trabajo hace un papel, al igual que si eres padre de familia, hay muchos personajes dentro de nosotros. La locura es algo radical porque supone una expropiación de uno mismo, una desposesión de sí y es algo muy arriesgado, y por eso es el fantasma al que más miedo tenemos, más que a la muerte, incluso.
Sharvaka, el escritor de novelas eróticas, que por cierto en sus escaramuzas encuentra dos libros suyos, ‘Las ideas puras’ y ‘El estupor y la maravilla’, afirma en un determinado momento: “Sólo puede escribirse desde el fracaso”. ¿Es cierto? Se trata de pequeños auto-homenajes que me hago en el libro. En mi opinión, el fracaso define mucho mejor lo que somos que el éxito. Somos un manejo de anhelos y aspiraciones. La realidad es que la inmensa mayoría de las veces fracasamos, los éxitos son contados; los fracasos, en cambio, innumerables; los ocultamos para que nuestra imagen no quede tan deteriorada. En tanto en cuanto el fracaso nos define mucho más que el éxito, la literatura se hace más desde el fracaso, en la medida que tienes una experiencia dura, negativa, dolorosa y una especie de necesidad de exorcizar esa experiencia y la literatura es un modo de hacerlo. Das nombre a las cosas y las sacas fuera, mientras que cuando uno es feliz y le va bien tiene menos impulsos para escribir porque se dedica a vivir. Además, el éxito puede matar a grandes escritores, por eso le pido a Dios que me dé solamente el éxito que pueda soportar, el éxito que no haga daño a mis libros y a este ejercicio de autenticidad permanente en el que intento vivir.
¿Por qué es tan difícil transformar ese fracaso, ese dolor en algo constructivo? ¿Por qué se prefiere escribir desde el rencor? La mía no es una literatura de la negatividad, ni mucho menos, es más, ‘El estupor y la maravilla’, al igual que la anterior de mis novelas, son libros fundamentalmente positivos; alguien dijo que no se puede hacer literatura con buenos sentimientos, pero eso es una tontería, lo que no se puede hacer es una literatura sin sentimientos, buenos o malos. Es más, la literatura necesita saber cantar al bien, no sólo a las zonas oscuras.
¿Por qué hoy en día no hay autores manifiestamente cristianos, estoy pensando en un Chesterton, Lewis, Chateaubriand? Porque no hay novelistas cristianos, es tan sencillo como eso. La fe, la religión, el cristianismo, han desaparecido de la narrativa, si bien nunca estuvo muy presente. El elemento religioso está ajeno al mundo del arte y, por tanto, no es una preocupación fundamental y no queda reflejada en las novelas. Pero un escritor cristiano, como es mi caso, no tiene que forzar su imaginario para que eso resulte una novela religiosa o con una impronta de fe porque eso sería pervertir la literatura, que tiene una lógica interna propia que hay que respetar. No hay nada peor que imponer a un texto narrativo una ideología, por muy santa que sea. Se convertiría en un panfleto. Lo que sí creo es que, en la medida que somos cristianos, aunque lo somos menos de lo que nos gustaría, se traslucirá. Por ejemplo, cabe una lectura cristiana de ‘Lecciones de ilusión’. No es evidente, ni primera, pero sí es válida y legítima, razonable y elocuente. Soy bastante cruel con mis personajes, les pongo bajo un foco reflector para que se vean sus miserias morales, soy sarcástico pero no soy cínico ni despiadado, casi siempre les redimo, les hago terminar bien sus peripecias porque en definitiva les amo y necesitan una redención, como toda persona. Soy benevolente con mis criaturas.
Engelmann, “por su visión del mañana y su grandeza de espíritu, estaba condenado a la soledad”. Sin embargo, en nuestra sociedad se expande, se extiende la soledad y mengua la grandeza de espíritu... Más que soledad, hablaría de aislamiento, para mí la palabra soledad es positiva. Lo que hay es incapacidad de soledad, por tanto ruido y, por tanto, sentirse aislado en medio de la masa; y es trágico. Lo que al hombre contemporáneo le falta, como en casi todos los tiempos, es grandeza de espíritu. Somos incapaces de estar con nosotros mismos, vivimos en un mundo totalmente desquiciado en el que apenas queda tiempo para jugar, rezar, hacer el amor, pasear... para ser, en definitiva. Eso impide la grandeza de espíritu. Todos los campos en los que el hombre puede elevarse, el amor, la religión, el arte, la amistad, están muy vetados, y cuando por fin entramos nos sentimos raros porque no estamos acostumbrados, así que volvemos de nuevo al frenesí. El servicio auténticamente religioso que se puede prestar a la sociedad occidental es conferir espacios de silencio y soledad; sin silencio y soledad el hombre no puede hacer nada bien. Sin embargo, hay una nostalgia del hombre de esos territorios de autenticidad, y eso es esperanzador. Cuando uno escribe un libro busca hacerle un regalo a alguien para que encuentre un territorio en el que poder soñar, ser uno mismo, jugar.
¿Cabe la posibilidad de perder la razón de manera razonable? No, nos gustaría controlar la locura, pero la locura es precisamente lo incontrolable. He escrito sobre la locura porque creo que, al igual que la muerte o el amor, es uno de los grandes temas. Es un homenaje explícito al Quijote. Más allá de eso, creo que he rozado el trastorno mental y quería reflejar esa sensación límite, una de las más angustiosas, la de perder la capacidad de control sobre ti mismo. Y hablo de la locura pero con humor, porque el humor es la manera más inteligente de ser humilde. Además, ambas palabras, humor y humildad, tienen la misma raíz, humus, tierra.
¿Cómo uno detecta que algo pasa en su cabeza y que está a punto de estallar, que si da un paso más se precipitará por el abismo? Te vas metiendo en territorios peligrosos, no es algo que suceda de golpe. No se puede jugar con fuego y no quemarse, quien juega con su identidad la pone en peligro. Si te metes dentro de los personajes te vuelves como ellos, no es que tú creas un personaje para contar quién eres, sino que el personaje termina pareciéndose a ti, que es distinto. Yo no cuento lo que he vivido, sino lo que voy a vivir, es así como me pasa. La vida imita a la literatura y no al revés; parece que es un juego de palabras, una broma, pero me acabo pareciendo a mis personajes.
No merece la pena vivir sin ilusión, pero ¿la ilusión brota espontánea o la forjamos? Julián Marías en su ensayito ‘Breve tratado de la ilusión’ habla de estar ilusionado, algo bueno, y ser un iluso, algo malo. La ilusión en el texto hace referencia a la esperanza, a la expectativa, por una parte, y a la ficción; también se podría haber titulado ‘Lecciones de ficción’. La ilusión tiene un punto de espontaneidad, que brota, pero también un punto de cultivo. Las ilusiones hay que acariciarlas, alimentarlas, como un huerto. Sin la ilusión no hay nada. Yo trabajo siempre con una o dos palabras claves. En ‘El estupor y la maravilla’ fueron ‘arte’ y ‘contemplación’, en ‘Las ideas puras’, ‘filosofía’ y ‘erotismo’; aquí ‘locura’ e ‘ilusión’. No podría explicar por qué. La palabra ilusión era muy frecuente en mi vocabulario y eso reflejaba que era un motor, y definía mis aspiraciones, mis quehaceres.
El hecho de que los manicomios se hayan erradicado de algunos países como España, ¿es algo bueno? St. Bonifaz, más que un lugar de locos es un lugar de extravagantes, sufren pero de una manera muy metafísica, es un lugar casi idílico. ¿Es bueno que supriman las residencias de ancianos y que, de ese modo vivan con sus familias? Como solución estructural, el tema de los psiquiátricos quizás no es lo más adecuado, pero como planteamiento circunstancial o puntual puede ser oportuno, no es ideal ni general pero sí necesario. Recomiendo una visita a algún psiquiátrico, estamos demasiado tiempo sin jugar con los niños, sin ver a enfermos terminales, y no te haces una idea cabal de lo que es la vida sin contacto con la vejez, la infancia, la locura. Sin ellas tu visión de la vida es deforme, parcial. Como capellán de un hospital, estoy en contacto permanente con enfermos, con gente que se muere, y lo considero un privilegio porque es estar con la vida en su estado más pasional.
Como capellán, pues, ¿cuánta gente en el último momento se arrepiente de verdad y cuánta por el ‘por si acaso’? La gente tiene tanto miedo a la muerte que cuando sus familiares te llaman, el enfermo ya no está consciente, así que lo único que puedes hacer por él es bendecirle. En todo caso, los que te llaman sí que tienen cosas de las que arrepentirse, lo que ocurre es que cada uno te lo dice con su nivel de profundidad, no todo el mundo tiene la misma capacidad de enfrentarse consigo mismo, ni de poner el nombre adecuado a las cosas. En tus últimos momentos de vida eres como has sido. Antes se vivía conscientemente hasta cuando te marchabas, ahora queremos que la muerte sea un tránsito rápido del que no nos demos cuenta.
“Había comprendido que clasificar a las personas en sanas y enfermas era tan imposible e inadecuado como dividirlas entre buenas y malas”. ¿Por qué nos cuesta tanto no etiquetar a la gente? Es una manera de domesticarla, las clasificaciones son una manera de ilusión, crees que en ese archivo tienes el mundo metido y que así lo controlas, de alguna manera. Pero, por fortuna, la realidad es insobornable, indomesticable e ingobernable.
Una persona y un lugar, “es posible que sea esto lo único que haga falta para el nacimiento de la idea de la felicidad”. ¿Cuáles son las suyas? Gabriella Bellini, una mujer italiana a la que quiero muchísimo, y la ermita de San Cristóbal, en Vilanova i la Geltrú, donde veraneaba de pequeño.
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