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Última actualización: Edita Servimedia S.A. Nº 1048
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Elena Figueras, periodista y escritora
“A la hora de comer fuera, prima el snobismo y el camelo”

Elena Figueras, junto a su libro
Su mera sonrisa es suculenta. Y nos habla, además, de comida, y de cómo prepararla. Y lo que es mejor, de cocinar algo sabroso y sano a bajo coste. Parece increíble, pero es cierto. Elena Figueras nos presenta “Banquete mileurista. Recetas fáciles para meses difíciles” (es ediciones). Un librito imprescindible de cara a la crisis que se avecina.
  • “Apretarse el cinturón no quiere decir comer peor”
  • “Todo, por sencillo que parezca, tiene sus trucos, hasta el arroz blanco”
  • “La alta cocina es como la Fórmula uno, que experimenta con la ruedas, los motores, las llantas, etc. Y después la industria automovilística burguesa aprende de esas cosas”

  • POR ESTHER PEÑAS
    Fotografías: JORGE VILLA


    Leo en la solapa del libro que usted se califica como “glotona profesional”. ¿Me lo explica?
    En la biografía que viene en el libro íbamos a decir que soy una ‘gorda profesional’, algo que deriva de una broma privada entre Pedro Paz, con una inteligencia superior, y yo; con ‘gorda profesional’ se refería a la gente que le encanta comer, que disfruta comiendo y que asume su calidad de gordo, pero después pensamos que podría sonar un poco macarra, un tanto fuerte, etc. Así que, para que nadie se sintiese ofendido, lo cambiamos.

    ¿Qué le incitó a escribir este libro?
    Me lo encargó la editorial con el propósito de recoger una serie de recetas baratas. El título lo inventaron ellos, ‘Banquetes mileuristas’. Me pareció un encargo muy retador, muy bonito; la filosofía del libro es apretarse el cinturón, aunque nos lo teníamos que haber apretado cuando vino el euro, porque todo subió un 60%. Hubo gente que lo hizo y otra mucha que hizo caso omiso y ahora están endeudados hasta las cejas. Apretarse el cinturón no quiere decir comer peor, sino atender a lo que se compra: por ejemplo, adquiriendo marcas blancas o productos que antiguamente eran un manjar y hoy son moneda corriente, el pollo, por ejemplo. Con este libro se pueden hacer recetas para seis personas por diez, doce euros.

    ¿Por qué decidió trabajar con esta colección y no otra?
    Bueno, hay muchos libros de cocina que son un timo. Del tipo “Receta de setas con arroz” en la que te piden 852 gramos de setas. Eso quiere decir que han comprado los derechos de las recetas y las han traducido directamente, sin molestarse siquiera en redondear. Muchas fotos, pero no aportan nada. Éste que he escrito yo el libro que a mí me hubiera gustado tener. La colección me fascina, editan libros de verdad pero muy baratos. La gente quiere ganar más de la cuenta. Ejemplo: los vinos; los beneficios de los restaurantes son del ¿300 por cien? Es una barbaridad. ¿Cuánto sacan a dos mililitros de ginebra en una discoteca? A mí me parece honesto que haya gente que te de de leer, de comer, sin querer ganar unos márgenes tan grandes, y que además hagan buena comida o buena literatura. Esta editorial hace libros de todo, divulgativos, infantiles, de literatura clásica... La filosofía de esta editorial es que el libro es un artículo de primera necesidad y por eso ganan menos, el margen de beneficios es menor, pero hacen libros geniales.

    ¿Qué criterio ha utilizado para recoger estas recetas?
    El criterio es la glotonería profesional; son las recetas que considero indispensables; algunas son más especiales, más complicadas, otras sencillas, como patatas fritas, pero como las hacía mi abuela, que la gente pela la patata y la echa en la sartén y no, hay que pelarla, meterla en agua para que eche el almidón y cortarla en pedazos gordos, y salarlas. Todo, por sencillo que parezca, tiene sus trucos. El arroz blanco, que ahora la gente lo hace echándolo en agua abundante y luego lo escurren y ya. Éso es una porquería, hay que hacerlo en un poco de aceite, dorando un ajito; dejarlo cinco minutos con el fuego al máximo, otros diez minutos a fuego lento y, por último, cinco más en reposo. Se trata, con este libro, de aprovechar las cosas simples, buenas y baratas y sacarlas el mejor partido.

    Elena, ante una nevera abierta, eligiendo ingredientes
    ¿Por qué hoy en día se cocina menos?
    Por falta de educación y por estrés. La gente compra todo preparado, artificial, y engulle productos menos sanos.

    ¿A qué público se dirige este libro?
    La gente piensa que a mileuristas, pero no, a todos en general porque todo el mundo puede sacar recetillas de este libro y disfrutarlas. En el prólogo hablo de un amigo mío que era rico y que siempre decía que el que todo los días tiene caviar quiere sardinas.

    La cocina, ¿es cosa de mujeres?
    Para nada, ni es más de hombres que de mujeres ni al revés: lo malo del caso es que parece que la alta cocina es de hombres y la de todos los días, para mujeres, y eso, por desgracia es así, no porque lo hagan mejor ni peor sino porque no queda más remedio, los hombres no están dispuesto a fregar, ni a cocinar, ni a planchar... de momento.

    En el prólogo dice que hay recetas de lujo pero baratas. Por doce euros, el máximo presupuesto que contempla el libro, ¿qué podemos hacer?
    Uno de mis platos favoritos es la ensalada de calamares o chipirones (que son más baratos, al contrario que hace tiempo) en su tinta, con cebolletas y aliñada con aceite de tinta de calamar. Vamos a cualquier pescadería y le decimos que nos ponga unas bolsitas de tinta; normalmente te las regalan o te cuestan unos centimitos, lo mezclas con aceite de oliva, cortas los calamares en tiritas y le añades lechuga o rúcula o escarola. Y el toque: incluir vermicelli, que son esos fideos hechos de arroz.

    Cuénteme alguna de las recetas más sofisticadas y alguna de las más sencillas...
    Una facilísima y que a todo el mundo le gusta: el humus. Es la pasta de garbanzos tan típica del mundo musulmán; se compra un tarro de garbanzos precocidos, los escurrimos (si no, quedan asquerosos) y, aunque la gente se limita a triturarlos y ya está, es imprescindible echarle tahina, pasta de sésamo. Lo bueno de estas recetas es que incorporan productos que antes no se podían encontrar. Queda buenísimo: dos cucharadas de tahina, dos cucharadas de zumo de limón, cuatro de virgen extra (y si no hay virgen extra pues de otra clase, que hay gente que va descalza pero con sortijas...) Un diente de ajo y, para adornarlo, una pizca de pimentón. Total: dos euros. Recetas más complicadas... la verdad es que no hay ninguna. Tal vez el salmón marinado, pero lo que requiere es tiempo, no pericia: le quitas las espinas, le echas azúcar, sal y pimentón, lo colocas en papel film, y lo dejas en la nevera bajo algo que tenga bastante peso. La paella al horno, quizás sea de lo más difícil; el problema de la paella es que como no tenemos un fuego tan grande habría que utilizar un difusor, pero casi nadie tiene uno.

    Hace poco perdíamos a una de las grandes valedoras de la cocina, Simone Ortega...
    Sí, era fantástica e hizo mucho por promocionar la cocina. Su gran cualidad es que explicaba todo como para tontos, y atendía a todos esos errores que cualquiera ha cometido alguna vez. Por ejemplo, si había que sofreír una pizca de pimentón, te decía que había que hacerlo muy rápido para que no se quemase. Como sus recetas, las mías también puede hacerlas cualquiera.

    ¿Es importante la parafernalia a la hora de sentarte a comer, la disposición de los cubiertos, el mantel, etc.?
    Por supuesto, hay que comer bien, en todos los sentidos, y el estético es uno de ellos. En mi casa, aunque coma sola, me pongo un mantelito precioso. Tengo compañeros que comen directamente del taperware. Es imposible que la comida te sepa bien en un recipiente de plástico. Hay que preparar las cosas de un modo presentable; a mí me horroriza el estilo de vida norteamericano, en el que se come de pie por la calle. No es nada sano, la verdad.

    Es un libro de recetas que implican poco dinero pero también poco tiempo...
    Sí, hay algunas en las que se emplea más tiempo pero se pueden hacer con la olla exprés: las alubias, las judías pintas, el cocido, etc.


    ¿Se prima el lugar donde que se come que lo que se come?
    Sí, prima el snobismo y el camelo. Como en el arte. Estoy harta de ir a exposiciones de arte abstracto (¿recuerdas a ese artista, Manzini, que enlató sus propios excrementos?) y cuando alguien pregunta a propósito de la obra de arte, los ‘entendidos’ se salen por la tangente y dicen cosas como “siempre aprendiendo”. Una de mis leyes, aunque suene pueril, es que cuanto peor decorado un restaurante, mejor se come, y viceversa.

    ¿Qué opina de esta polémica a propósito de la cocina moderna y la clásica?
    Todos ellos están haciendo cosas importantísimas para la cocina española, hemos ganado a los franceses, aunque no hemos conseguido exportar nada típico al modo en que los italianos han exportado la pasta o la pizza. Hace poco leí un artículo de Fernando Point que decía que son peleas de ellos. Estuve hace años comiendo en Arzac, y me pareció una experiencia gastronómica alucinante. La alta cocina es como la Fórmula uno, que experimenta con la ruedas, los motores, las llantas, etc. Y después la industria automovilística burguesa aprende de esas cosas; esto es lo mismo.

    Por último, recomiéndeme un par de restaurantes...
    Hylogui, en la calle Ventura de la Vega, un restaurante que no tiene una decoración moderna, pero se come de fábula. Es un restaurante muy honesto: la gallina que sirven es gallina de verdad, no pollo como en otros sitios. También recomiendo el Kabuki, un japonés, en Presidente Carmona. Excelente.
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