Elvira Menéndez, autora de ‘El corazón del océano’
"Las mujeres debemos poner en duda la herencia cultural que hemos recibido"
Imaginemos que estamos en 1550 y que ochenta damas se dirigen a las Indias para contraer matrimonio con los conquistadores. Ni los piratas, ni la peste, ni las penalidades pudieron con su determinación. Esta es la exótica trama de ‘El corazón del océano’ (Temas de hoy, 2010). La gallardía, andanzas, vicisitudes y proezas de estas féminas son alumbradas por la pluma de Elvira Menéndez, que nos demuestra cómo los prejuicios de las protagonistas son devorados por el contraste con otras culturas, y cómo nace una incipiente igualdad de oportunidades, que hará conscientes y dará herramientas a las mujeres de hoy para afrontar la vida aparcando cualquier complejo de inferioridad.
BEATRIZ SANCHO ¿Cómo son las mujeres de tu novela, esas que avanzan intrépidas en la primera caravana de mujeres de la historia?
Cuando comienza el viaje, la mayoría son jóvenes e inexpertas. Como las Capitulaciones concedidas a Sanabria especificaban que debía llevar mujeres “para poblar”, es de suponer que eran muy jóvenes para que tuvieran tiempo de parir más hijos. Las terribles calamidades que tienen que afrontar durante el viaje las convierten en mujeres fuertes, capaces de enfrentarse a la vida por sí mismas.
Cuéntenos, con lujo de detalles, las aventuras de alguna de las mujeres reales sobre la que, imagino, habrá basado algún personaje de su novela.
Mencía de Calderón, Isabel de Contreras y las hijas de ambas son personajes reales. Se desconoce el nombre de las restantes expedicionarias. Pero todo lo que cuento en la novela sobre el arduo viaje de seis años, durante el cual tuvieron que enfrentarse a tempestades, piratas, ataques de los indios, prisión por parte de los portugueses y atravesar más de mil seiscientos kilómetros de selva, sucedió en la realidad.
Según se explica, las féminas de la caravana emprendieron el viaje para contraer santo matrimonio con los conquistadores y dar ejemplo a los indígenas. ¿Cuál de ellas, cómo y por qué trasgredió estas metas?
Ana de Rojas, la protagonista, dispuesta a tomar sus propias decisiones, decide casarse con quién ama. Es ella quién le pide matrimonio a un hombre que, para colmo, era de clase inferior, ni siquiera un hidalgo. Lo que suponía una transgresión en la época. Por supuesto, el resto de las viajeras también dejarán de lado los prejuicios sexistas que les habían inculcado.
¿Podría decirse de alguna de las mujeres que has encontrado en la documentación utilizada para escribir el libro, que fue maltratada, discriminada de algún modo?
Sí. Elvira de Contreras (Hija de Francisco de Becerra e Isabel de Contreras). Esta mujer, un personaje real, fue asesinada por su marido, Ruy Díaz de Melgarejo, en Asunción del Paraguay hacia el año 1565. Al parecer la encontró a solas con Juan Fernández Carrillo, un clérigo que las había acompañado durante la expedición. No solo había que ser honrada ¡sino parecerlo!.
En su opinión, ¿cree que alguna podría ser precursora de la ‘igualdad de oportunidades’ tan de moda hoy en día?
Mencía de Calderón lo fue. A la muerte de su esposo, Juan de Sanabria, Mencía asumió el papel de ‘Adelantada’. Pero como las leyes de la época impedían que una mujer fuera la titular del cargo, se apeló a "un presta nombre", ya que no otra cosa podía ser un jovenzuelo de diez y siete años, como era Diego de Sanabria, su hijastro. Con este subterfugio, esta valiente, inteligente y persuasiva mujer pudo hacerse cargo de la expedición. Una tarea que se encomendaba a hombres muy capaces.
¿Qué representa para usted una mujer que tuviera entonces que sortear todo tipo de vicisitudes como ataques de piratas, tormentas, peste, etc.?
Las calamidades las tuvieron que pasar también los hombres. Pero las mujeres tenían que afrontarlas con menos fuerza física, e incomodidades propias de su sexo como la menstruación. Pero lo que las marcaba -y las sigue marcando-, es el complejo de inferioridad intelectual con respeto a los hombres con el que eran educadas. Las mujeres vivían sujetas a la tutela de padres, hermanos, maridos o incluso hijos (cosa que aún le sucede a más de las tres cuartas partes de la población femenina del planeta). Tal como reflejo en la novela, la vida de las mujeres de la época es muy dura. Aún así, hubo mujeres que se sobrepusieron a tantos obstáculos y destacaron en la literatura, la pintura…
¿Representa lo mismo la mujer hoy día que afronta otro tipo de calamidades?
Sí. Incluso en el privilegiado mundo occidental, las mujeres tenemos que enfrentarnos a retos difíciles como criar a los hijos en solitario, con un empleo peor remunerado que los masculinos y, en muchos casos, con estudios insuficientes. Yo, que ahora tengo sesenta años oí, a los doce, que alguien le decía a mi padre: “¿Para que estudia tu niña bachillerato si luego se casa y no sirve para nada?”. Esa mentalidad todavía perdura en algunos. Muchas mujeres tienen que hacer el esfuerzo de aprender un oficio o estudiar en la edad adulta porque no recibieron la formación adecuada en la infancia.
¿Qué ha cambiado de una época a la otra ante un mismo fenómeno?
Las leyes nos favorecen. Aunque todavía tengamos que seguir demostrando que somos igual de inteligentes o capaces que los hombres para desempeñar puestos de responsabilidad. En España, hace tan solo treinta y cinco años una mujer casada necesitaba permiso del marido para sacar un pasaporte o abrir una cuenta corriente. Lo que nos impedía a muchas viajar al extranjero, trabajar… En el siglo XVI las leyes permitían que una niña, a partir de los doce años, pudiera trabajar en una mancebía o prostíbulo. Eso sí, tenía que estar desvirgada y no tener antecedentes nobles.
¿Cómo cree usted que esas mujeres se adaptaron a la convivencia en un mundo hecho a medida del hombre?
Al igual que muchas mujeres de hoy, encarando, con paciencia y astucia, los problemas que se les presentaban. Hace poco leí que una comandante, cuando entró en el ejército español, se encontró con que no había “lavabos” para mujeres, y era subestimada. Pero siguió adelante y ahí está, en el Estado Mayor.
Usted cuenta que Ana de Rojas, por ejemplo, consigue romper con el corsé religioso y cultural de la vieja Europa, ¿qué lección pueden sacar las mujeres de hoy de su actitud?
Ella rompe ‘su corsé’ cuestionándose lo que le han enseñado, lo que es justo o injusto, lo que es lógico y lo que no lo es. Se esfuerza en aprender de lo que la rodea. Y logra llegar a sus propias conclusiones. Eso mismo lo tenemos que hacer las mujeres de hoy ¡y los hombres!, para convertirnos en seres humanos completos; romper el corsé y poner en duda la herencia cultural que hemos recibido. También es válido para los hombres.
Por cierto, afirma que esta mujer “permite que las costumbres de los exóticos pobladores devoren todos sus prejuicios”. ¿Cómo lo consigue? ¿El ejemplo es válido para la mujer actual que se encamina a la igualdad, pero que aún mantiene muchos de estos prejuicios?
Ana de Rojas –como sin duda ocurrió con las mujeres reales de la expedición- se ve obligada a convivir estrechamente con otras culturas. ¿Cómo va a pensar –como se decía en esa época-, que los negros no tienen alma y las mujeres quizá tampoco? ¿Cómo va a creer que son deleznables unas mujeres, como las indias, usadas como esclavas sexuales y que a pesar de eso cuidan con ternura de sus hijos? ¿Cómo no iba a preguntarse por qué los hombres no pecan por fornicar y las mujeres sí? (Así lo hizo la poetisa mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) que escribió: ¿O cuál es de más culpar, / aunque cualquiera mal haga; / la que peca por la paga /o el que paga por pecar?. La receta para superar los prejuicios es vencer nuestro complejo de inferioridad, inculcado a través de siglos, y razonar libremente, pensar.
¿A quién va dirigido especialmente ‘El corazón del océano’? ¿Cuál era su objetivo al escribir un libro así?
A las mujeres y a los hombres que deseen conocer esta etapa de nuestra historia. Muchos españoles fueron a conquistar, a robar, a engrandecer el imperio. Otras, quizá la mayoría, emigraron al Nuevo Mundo en busca de una vida mejor. Esas colonizadoras y colonizadores cambiaron la historia de América y la nuestra con aportaciones que parecían pequeñas, como la gastronomía (la patata, la piña, los tomates, el maíz, los pimientos, el chocolate, el tabaco… vinieron de América).
¿Podemos imaginarnos un mundo sin patatas? O Pueden los americanos imaginarse un mundo sin azúcar, arroz, café, vacas, cerdos o gallinas? ¿Cómo sería nuestra música sin la aportación de sus melodías? ¿Y la de ellos sin los instrumentos que llevamos? ¿Y la lengua? Cientos de palabras como andén, hamaca, petate, tiza, chocolate, butaca, canoa, caimán… de origen americano pasaron a formar parte de nuestra vida cotidiana y ellos enriquecieron nuestra lengua común con infinitos acentos.
¿Por qué aventuras de mujeres como estas son todavía episodios desconocidos de la historia?
En primer lugar, por ser mujeres. Ahí está Sofonisba Anguissola, excelente pintora, cuyas obras fueron atribuidas al Greco y a otros. Y dramaturgas, novelistas, poetas… Porque, hasta ahora, han sido los hombres los que han escrito la historia.
En su opinión, conocedora de las mujeres antiguas, de las mujeres al fin y al cabo, ¿qué necesitamos para equipararnos del todo al hombre?
Sentirnos seguras de nosotras mismas, reclamar nuestros derechos, ¡y compartir el poder real con los hombres! En la economía, en el gobierno, en la Iglesia…