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Anda, en el Teatro Fernán Gómez
Los bebés van al teatro

Un instante en la representación de Anda
Si hace unos años resultaba extraño, incluso chocante, la idea de llevar a los bebés al teatro, en poco tiempo esta opción es más que una realidad. Lo más bonito de este espectáculo es contemplar la sonrisa de un pequeñín de pocos meses de edad que junta las manos con entusiasmo, aprendiendo él solo a aplaudir; o la boca semiabierta de una niña de dos años, sorprendida por el espectáculo que comienza ante sus ojos. “Es un mundo fascinante”, afirma Carlos Laredo, director de la Casa Incierta.
  • "Nos fascina la sensibilidad con la que nace el ser humano, la inteligencia, las posibilidades de ir por caminos desconocidos sin ningún temor"

  • POR BLANCA ABELLA. “No me gusta, no me gusta, no me gusta”, repite con insistencia una pequeña de dos años y medio. Sin embargo, no puede dejar de mirar. Abre sus ojos con gran expectación mientras encierra su mano en la de su madre. Observa con cuidado, cierto miedo y deslumbrada esa especie de huevo reluciente y lleno de luz que se encuentra en el pequeño escenario.

    A su lado, muy cerca, dos auténticos bebés que no alcanzan el año de edad, de pie, sobre las piernas de su madre, se estiran y sonríen ante los estímulos de la luz, la música, y los movimientos de unas manos que surgen por los laterales de ese extraño huevo; y una cabeza de mujer feliz, sonriente, expresiva. Los pequeños están asombrados y emiten esos graciosos parloteos que nadie entiende pero que invitan a sonreír.

    EL MEJOR PÚBLICO

    La actriz con una enorme capa y una enorme tripa a modo de embarazo
    Hemos entrado en otro mundo, en un teatro para bebés, un recinto pequeño, como ellos, acogedor, también como ellos. En el Teatro Fernán Gómez de Madrid representan estos días la obra 'Anda', para bebés de cero a tres años, una producción de La Casa Incierta, primera compañía residente en este teatro.

    “Es un público maravilloso, va contigo a cualquier lugar poético sin hacerse la fatídica pregunta: ¿lo entenderé o no lo entenderé?”, asegura Carlos Laredo, que relata con pasión su descubrimiento del mundo infantil de la mano de su hija. “Me sentí completamente enamorado de un ser que apenas me habían presentado, de una manera extraordinaria y maravillosa”. Así lo expresa él, quien recibió de su hija el empujón para adentrarse en el fascinante mundo del teatro para bebés.

    La Casa Incierta tiene una larga experiencia en la creación de espectáculos para bebés y con Anda, pretenden convocar algo imposible: todo lo que sucede en ese paréntesis que se abre en la gestación y nacimiento de un ser humano. Y lo cuentan con acierto en una pieza de 30 minutos repleta de poesía, luz, melodía y expresión.

    La música juega un importante papel en estas representaciones. “Nos permite crear espacios y atmósferas que tienen mucho que ver con la sonoridad interna de lo que estamos contando, dentro y fuera de la barriga”, explica el director Laredo. La música de 'Anda' es una composición original de Queyi, que trabaja para bebés y mayores.

    “Nos fascina la sensibilidad con la que nace el ser humano, la inteligencia, las posibilidades de ir por caminos desconocidos sin ningún temor. Todo eso pertenece a lo que se podría llamar el patrimonio de la infancia y el ser humano viene muy preparado para el arte, luego no sé qué pasa, pero vienen preparados”. Así describe Laredo el mundo de la infancia y la capacidad de los pequeños ante el arte, la expresión y los nuevos mundos que surgen ante sus ojos, sus manos, o esos oídos privilegiados.

    Los niños son los mejores espectadores porque están libres de las trabas que existen ya en los adultos, al menos es la idea que apasiona a este director de teatro: “La infancia es muy generosa en todo tipo de esfuerzos para intentar participar y entender”. Y en definitiva, si este grupo de mayores se han decidido a hacer teatro para bebés es porque “es un público que nos deja expresarnos” y porque “a los intérpretes les emociona” contemplar a este público entregado, absorto, entusiasmado, un público virgen, que está descubriendo el mundo y recibe cualquier estímulo con los ojos bien abiertos, e incluso las manos. “Es muy bueno tener un público con los ojos muy abiertos y el alma en vilo”.

    Algunos niños que han venido al teatro de bebés lloran, parece que se asustan, pero se calman y acaban casi hipnotizados. En general el ambiente es cálido y el recinto se suaviza bajo los pies de los pequeños, con una moqueta que amortigua posibles caídas o recibe gustosa los gateos de algunos aventureros.

    LA CASA INCIERTA

    La actriz intenta comer con una cuchara que se pega a su barriga de embarazada
    El Teatro Fernán Gómez de Madrid, en su línea de apuesta por las actividades novedosas, decidió hace tiempo reforzar el sentido artístico de los más pequeños con el teatro para bebés. Con esa idea se creó hace cuatro años el ciclo ‘Rompiendo el cascarón’, dirigido a niños menores de tres años.

    Y en esa línea tan juvenil, el teatro fue más allá y creó la primera compañía residente en el mismo centro, La Casa Incierta. Por lo incierto de la vida, de ese comienzo vital que protagoniza cada niño, así lo explica Carlos Laredo: “El nombre de la casa incierta está inspirado en Paul Klee, en su obra La casa giratoria, porque viene a ser un lugar en movimiento, por la incertidumbre poética, por la actitud de poder descubrir cosas nuevas”.

    La incertidumbre a menudo viene lastrada por una idea negativa, parece que es malo dudar, esperar y tantear el futuro. A veces es difícil, pero otras muchas es incluso divertido. Carlos Laredo cree que “la incertidumbre es un valor muy positivo para el arte, para todo aquel que empieza una página en blanco o un lienzo vacío, es necesario contar con esa inseguridad, con ese precipicio que es la vida”.

    “El arte es arte cuando se aventura en lo desconocido”, explica el director de teatro, “hacemos teatro para bebés porque es un público que nos deja expresarnos y porque nos sirve para iniciarles en este mundo a ellos y a sus progenitores”. De una manera indirecta, cuando uno de estos padres acompaña a su bebé al teatro “deja su expresión libre, su ternura y su sensibilidad”.

    Y es que el teatro cumple una función catártica, de liberación, algo que los pequeños hacen con más naturalidad que los mayores, según relata Laredo: “Cuando empecé a trabajar en las escuelas para niños era muy intensa la paleta de emociones y los pequeños pasaban del llanto a la risa sin que eso fuera ni bueno ni malo, no dejaba lastre. Un adulto llora y puede caer en una depresión, los bebés pueden tener una llantina terrible y el resultado es liberador. Todo se vive con mucha intensidad”.
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